ESTHER DE LÓZAR CUEVAS

Dedico este pequeño espacio de intelectualidad a mi gente, que me regaló unas alas inmensas; a la vida, que me enseñó a emprender el vuelo sin estrategias ni maquillaje; a la educación, que me hizo libre. Esta mariposa de altos vuelos recupera su pluma... y escribe. ¡Bienvenidos a mi blog!

"La pluma es más poderosa que la espada y escribir con ella es considerablemente más fácil" (Feldman)

"Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito" (Shakespeare)

"El alma tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene" (Victor Hugo)

"La peor lucha es la que no se hace" (Karl Marx)

"Lo que con más trabajo se adquiere, más se ama" (Aristóteles)

La ética médica


  A pesar de que la ética regula las experimentaciones humanas, los remotos casos que exponían al hombre a los más aberrantes experimentos volvieron a cobrar fuerza ante el dilema de sacrificar a unos cuantos por el bien de la humanidad entera. Cuando en el oscuro pasado, hombres, mujeres y niños se convirtieron en materia de experimentación, se llevaron a cabo perversos y macabros ensayos que convirtieron a las desdichadas personas en “Conejillos de Indias”, en tiempos en los que se carecía de regulaciones éticas que protegieran la integridad y dignidad de la persona, al respaldarse en la inmoral excusa de ampliar los horizontes del saber y sacrificar individuos que consideraban una carga social o pertenecían a grupos discriminados.


   Algunos países e instituciones regularon estrictamente tales investigaciones, mientras que otros ignoraron las precauciones morales y la protección de los derechos del individuo al buscar la expansión de los horizontes de la ciencia. Ejemplo de ello es el caso de las guerras, en las que las investigaciones aparecen como un imperativo patriótico para impedir la agresión del enemigo y salvar el militar personal propio. Dentro de este contexto, es necesario plantearse: ¿hasta dónde llegan los limites de la experimentación clínica humana?Actualmente asistimos a una creciente sensibilización sobre la bioética, consecuencia de las nuevas situaciones que plantean los avances tecnológicos y biomédicos y de las reflexiones surgidas a raíz de los errores cometidos a lo largo de la historia en nombre de la ciencia. Estas situaciones hacen necesario el establecimiento de unos requisitos éticos y de una normativa legal, así como del conocimiento de estas normas de actuación, especialmente por parte de médicos e investigadores. 

   Los continuos avances científicos están brindando indudables beneficios a toda la humanidad en los campos más diversos de la ciencia, pero también han suscitado preocupantes dilemas éticos. Sin duda, la polémica viene precedida por las atrocidades cometidas en los experimentos médicos con los prisioneros del los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La justificación de los programas nazis, que comprendían eutanasia involuntaria, esterilización forzada, eugenesia y experimentación humana, se hallaba fuertemente influenciada por la forma de concebir la dignidad humana. Hoy, debe ser nuevamente examinado el desarrollo histórico de dicha concepción puesto que las discusiones acerca del valor del ser humano son actualmente parte integral de la ética médica y de la bioética. Debemos aprender la lección que se deriva de cómo la dignidad humana acabó tan tergiversada, con el fin de poder evitar que se repitan hoy similares distorsiones. La realidad es que los científicos nazis despojaron a la ciencia de cualquier atisbo de moralidad y sus experimentos se convirtieron en sinónimo de sadismo y perversión. ¿Dónde quedó olvidada la integridad física y psicológica de miles de seres humanos, víctimas del lado más oscuro de la medicina?, ¿cómo pudieron los intereses enfermizos de una ideología fascista primar sobre los derechos humanos más básicos? La vulnerabilidad de los seres humanos debe ser protegida a través de cauces éticos y jurídicos. Los aberrantes capítulos de experimentación humana hicieron patente la necesidad de implantar una ética universal, consensuada, que respetase los límites entre lo admisible y lo inadmisible, entre lo que puede hacerse y lo que debe estar prohibido.

   Actualmente, sin olvidar el pasado (“porque un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”), es necesario fomentar un sano desarrollo de las investigaciones y reivindicar con claridad el valor de la vida humana por encima de cualquier otro interés contrario. La clave para el avance se encuentra en un correcto y digno procedimiento basado en los principios de autonomía y libertad moral del hombre: la ética del investigador debe tener siempre presente que el derecho y bienestar de los individuos estén debidamente protegidos, que los riesgos involucrados sean mínimos y sobre todo, que el paciente sea consciente de todo antes de aceptar su participación (consentimiento informado), especialmente en los países en desarrollo, dadas sus circunstancias socioeconómicas, leyes y reglamentos. 

   Las directrices éticas y la legislación vigente deben prestar una especial atención en lo que se refiere a la participación en investigaciones y experimentos científicos de personas que no puedan prestar directa y libremente su consentimiento informado; menores, ancianos, incapacitados, personas que sufran trastornos mentales, accidentados, enfermos, presos… Es toda la sociedad la que está afectada y la que tendrá que ir marcando cuáles son los cauces por los que puede discurrir, con garantías éticas y legales, la experimentación humana del presente y del futuro.

   La dignidad humana es el bien supremo y su valor es incuestionable. El ser humano está por encima de cualquier tipo de investigación o ensayo clínico y existen límites a la experimentación que deben ser infranqueables, como el derecho a la vida y a la autonomía personal del individuo. ¿Qué clase de progreso sería aquél que, para avanzar científicamente, convirtiese a la persona humana en instrumento de caprichos médicos?, ¿Realmente es lícito recurrir al mal para hacer el bien?, ¿Quién considera lo que está bien o mal?, ¿Pueden unos pocos, en nombre de la ciencia, jugar a ser Dios?, ¿Todo lo legal es ético?

   Las investigaciones presentes y futuras deben orientarse a la mejora de la situación humana y apostar por una sensibilidad ética que impregne de valores morales la base del sistema científico. Libertad, responsabilidad y moralidad deben ser los tres principios que rijan la conducta y el procedimiento a seguir por cualquier investigador profesional. ¿Qué mejor valor ético que la unión implícita de la conciencia del investigador y la confianza del investigado? Si es cierto que existe una crisis moral, la mejor medicina será la educación bioética de todos los agentes involucrados en el proceso investigador: patrocinadores, investigadores, profesionales sanitarios, pacientes… 

   Tal vez el hombre no conozca de límites. En una sociedad cada vez más materialista y salpicada de individualismo, los intereses imperialistas y económicos de aquellos que ostentan el poder hacen peligrar la dignidad de los más desamparados. La Ley y los gobiernos deben perseguir los experimentos ilegales y degradantes que todavía hoy se ocultan en el campo de la medicina. Los avances de la humanidad no pueden estar justificados en el sufrimiento de unos pocos. Es necesario apostar por una ciencia verdadera, ligada ineludiblemente a la fe más profunda. Aunar conocimientos y criterios éticos. Ese el verdadero avance. Porque, ¿qué sería del ser humano si sacrificamos lo que somos? Nos perderíamos en los tortuosos caminos de una ciencia distorsionada, en el vacío incierto de un progreso que, paradójicamente, nos condenaría al más lamentable de los retrocesos: la pérdida de nuestra identidad.
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El triunfo de Internet



    Internet ha transformado notablemente el campo de las comunicaciones, gracias a su innovadora tecnología y a la eliminación de barreras temporales y espaciales. Los medios de comunicación existentes se han dado cuenta de las ventajas que la Red les proporciona y no han perdido oportunidad para insertarse en este nuevo espacio comunicativo y crearse páginas web que les permiten difundir de forma nacional e incluso, a veces, internacional, sus contenidos y mensajes. El extraordinario y acelerado desarrollo de Internet ha provocado cambios en los procesos de elaboración, transmisión y difusión de las informaciones (gracias a esta nueva tecnología, el ámbito de las comunicaciones se ve inmerso en un lenguaje multimedia en el que se agilizan los procesos de elaboración, de producción de programas...) e incluso ha trastocado el concepto tradicional de comunicador y ha creado un público segmentado y con una gran capacidad de elección y participación que demanda programas especializados y se puede permitir el lujo de elaborar su propia radio o televisión a la carta. 

   Las nuevas tecnologías, y, más concretamente, Internet, se presentan ante el colectivo social como el triunfo del individualismo; la satisfacción de una necesidad social de actuar e intervenir, una alternativa a los medios de comunicación convencionales y una poderosa herramienta para el libre acceso a la información. Pero ¿son las nuevas tecnologías una manifestación clara de los valores culturales dominantes de la sociedad actual?, ¿Ha provocado Internet una real libertad democrática?

   Tendemos a comparar Internet con los medios convencionales; éstos someten a los lectores y espectadores a una dominación cultural, al manipular la información ofreciendo una realidad transformada. En cambio, con Internet “la situación cambia” y el receptor, ahora activo, tiene la posibilidad de acceder libremente a la información y conducir el mensaje, potenciando, así, su creatividad y capacidad de actuación. La ausencia de control es un factor muy valorado en la sociedad democrática actual. Aparentemente, el usuario, de forma anónima, circula libremente por la Red con el objeto de comunicarse o conseguir información, sin la presencia de agentes intermedios. Sin embargo, no es posible afirmar que exista una libertad absoluta. En muchas ocasiones, la obtención de una determinada información exige que el demandante se registre dando a conocer sus datos personales, e incluso, requiere la suscripción del individuo suponiendo esto un coste determinado. Igualmente, no debemos olvidar, la presencia de los denominados “cookies”, que delatan las preferencias del usuario durante su estancia en la Red, y el bombardeo publicitario al que es sometido el internauta a través de “spamming”.


   Por otra parte, Internet es considerado por una gran mayoría un medio ideal para la culminación de la comunicación. No obstante, si analizamos la aportación de este nuevo medio a los procesos de comunicación social observamos que no existe razón para tal creencia. Es cierto que esta nueva tecnología se presenta como un nuevo espacio para la expresión y una nueva forma de comunicación. Sin embargo, no es en el campo de la comunicación en el que Internet destaca, es más, podría incluso conducir a un deterioro de las relaciones humanas: este nuevo medio de comunicación tecnifica las relaciones sociales y elimina la comunicación no verbal basada en el lenguaje de gestos.

   Otro peligro para la denominada globalización de la información es el hecho de que la Red no sólo ofrece información de acontecimientos e información para el conocimiento, sino también la inclusión de información por parte de cualquier individuo. Esto requiere decir que, al no existir una reglamentación que regule el contenido, no es posible apostar por la calidad y la veracidad de toda la información que se haya en la Red.

   El espacio de los flujos y la atemporalidad son las bases de la nueva cultura de la virtualidad real, donde “el hacer creer acaba creando el hacer”. La Sociedad de la Información todavía debe evolucionar mucho para ser considerada Sociedad del Conocimiento. Es difícil superar toda la controversia y la problemática que se genera en torno a ella pero el gran reto que se le presenta es el de respetar la inmensa diversidad de culturas e identidades, así como la universalidad, individualidad, cerrar brechas y abrir oportunidades: lograr una globalización real de información a través no sólo del acceso a las nuevas tecnologías sino a una participación democrática y equitativa en todos los aspectos del desarrollo de las TIC por parte de los diversos grupos y de los países menos desarrollados.

   En lo referente a la identidad, los procesos de globalidad son perfectamente compatibles con la personificación y la individualidad que la misma comunicación-información conlleva. En este sentido, cualquier región, ciudad o país es capaz de conservar la identidad y la identificación, lo propio y lo asimilado aunque también se pueden dar procesos de aculturación y confusiones sobre la identidad entre lo popular y lo tradicional. Este hecho es importante porque en esta sociedad abierta e interconectada, donde los puntos de referencia tradicionales se han difuminado, la gente necesita poseer una identidad segura y estable donde apoyarse. Actualmente, la condición de ciudadano no sólo tiene que ver con que un estado reconozca el derecho de serlo, sino que, sobre todo, tiene que ver con prácticas sociales y con las estructuras de comunicación donde este ciudadano podrá informase, comunicarse, verse representado o representarse a él mismo, defendiendo y reclamando sus derechos. 



   Para lograr un correcto y transparente funcionamiento de la Sociedad de la Información, no podemos dejar en manos de la técnica y la economía de mercado el futuro de la sociedad. Es imprescindible trabajar la dimensión humana y ética para alcanzar una verdadera sociedad del conocimiento y la convivencia en su plenitud. La excesiva tecnificación y la evolución de nuevas y sofisticadas tecnologías no puede relegar el trabajo del ser humano a un segundo plano porque una sociedad sin comunicación interpersonal ni relaciones humanas se acabaría muriendo. 

   Garantizar el acceso a la información y a las tecnologías de la información y la comunicación, la inclusión social y la convivencia basada en una democracia participativa que garantice la dignidad de todas las personas son otros de los muchos retos que debe asumir la Sociedad de la Información.
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El docente ideal

   ¿Cuáles son las características que debe reunir el profesor ideal? El club de los poetas muertos, excelente película ambientada en el año 1959, pone de manifiesto esta cuestión por medio de John Keating, un profesor de Literatura que, frente al autoritarismo y las clásicas consignas de tradición, honor, disciplina y grandeza imperantes en una prestigiosa escuela privada de Vermont (Estados Unidos), decide luchar por la libertad personal de sus alumnos, caminar con ellos. Su arma, la poesía. “Aprenderán a pensar por sí mismos, las palabras, las ideas pueden cambiar el mundo”, les decía a sus alumnos. 

   Sin caer en modelos o estereotipos tan abstractos como injustos en una cuestión tan compleja como la de definir al profesor ideal, y más considerando que el sistema educativo actual se ha visto irremediablemente atrapado por la crisis de valores que impregna cada estrato de la sociedad, procuraré dar voz a los alumnos y exponer los ingredientes que, a mi juicio, deben caracterizar a la docencia y a su base común, las clases magistrales. 

   En primer lugar, un profesor debe sentir pasión por la materia que imparte, debe poseer unos sólidos conocimientos sobre el tema y la refinada habilidad de saber explicarlos, o lo que es lo mismo, una capacidad didáctica que permita amenizar y facilitar la comprensión teórica. A estas cualidades, sumémosle la motivación, porque al final se transmite lo que uno siente. La capacidad de orientación, socialización, organización y reconocimiento de errores junto a un espíritu crítico completarían la receta mágica. Y si en sus clases combina la pedagogía con el fomento del espíritu analítico y metódico, y el cercano pero respetuoso contacto con un alumno que necesita un ejemplo creíble y estructurado, resultaría imposible pedir nada más. 

   No obstante, con mi experiencia universitaria de una larga lista de profesores (me atrevería a decir que casi rondan la centena), confirmo que no me salen las cuentas. Ni los ingredientes son tan puros, ni la receta tan perfecta. Lo que uno tiene de sabio, no lo tiene de pedagogo, al educador crítico y formado le pierden las formas, al que va de colega le falta recorrido, al más sociable le falta metodología, el conocedor por excelencia peca de despotismo y al intelectual más curtido sus métodos se le han quedado obsoletos. Unos adolecen de lo que a otros les sobra. A pesar de tan disparidad de criterios (los hay para todos los gustos), lo que debe quedar claro es que el docente del siglo XXI debe luchar por un sistema constructivo y no destructivo, no confundir autoridad con autoritarismo, ni dejarse llevar por un edulcorado paternalismo infantil pero tampoco fomentar el distanciamiento entre él y el alumno. 

   La sociedad, los padres, la Administración, el mercado, todos demandan. Pero el docente, ¿qué es lo que oferta?, ¿qué es lo que debe ofertar? La notoria presión de los colectivos citados se vierte sobre un profesorado que lleva años sumido en una crisis profesional de hondo calado, con la distorsión de sus funciones, el desdibujamiento de unas responsabilidades que a mi entender se me antojan excesivas e incluso, frustrantes. Porque los límites entre una simple relación pedagógica se deforman y obstruyen ante la demanda de una constante tutorialización, una relación personal, unos compromisos emocionales que constituyen un peso que desborda el vaso, que cristaliza en un agobio que asfixia, en depresiones que se traducen en bajas laborales y pérdida de la motivación.

   A estas cuestiones se enfrenta el profesor de hoy, con sus cualidades, con sus defectos. Sólo pido que no caiga en el autismo desmesurado del déspota que en lugar de transmitir sus conocimientos te los escupe a la cara, ni en la alienación exacerbada de una persona que ha quedado anclada en otra época y es incapaz de avanzar con y para el nuevo modelo de alumno. Porque el docente ideal no existe, pero el docente humano y coherente con las enseñanzas que imparte, sí. Y ese es el modelo moral e intelectual. Porque como dijo William Arthur Ward, profesor y escritor estadounidense del siglo XX: “El educador mediocre habla. El buen educador explica. El educador superior demuestra. El gran educador inspira". 
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Escarlata O'Hara

    Quisiera hoy rendir homenaje al libro que, a mis diez años, marcó mi vida y mi afición por la lectura, el clásico “Lo que el viento se llevó” (cuya escritora, Margaret Mitchell, ganadora de un Premio Pulitzer, dedicó diez años de su vida) y, más concretamente, a su protagonista, la inolvidable Escarlata O’Hara. 

  Su evolución vital es fascinante, desde su adolescencia hasta su madurez, y el lector/espectador asiste a una mezcla de lucha, fuerza, ambición, coraje y rebeldía. Tras este pasional personaje se oculta una compleja personalidad: parecía dulce y encantadora pero bajo esa apariencia se escondía una mujer caprichosa, presumida y terca cuyas cualidades no pasaron desapercibidas para Rhett, único hombre que la conoció tal como era y que pudo amarla sin censuras. Escarlata O’Hara pecó de inteligente en una época (segunda mitad del siglo XIX) en la que las mujeres debían ser tontas y remilgadas. Ella transgredió todas las normas sociales gracias a la ayuda de Reth y con su reputación por los suelos comprendió que era lo mejor que podía haber hecho; era independiente y libre y manejaba los negocios de la madera mejor que cualquier hombre. Eso no se lo perdonó la sociedad sureña. Escapó del negro de la viudez, hizo amistades entre los yanquis, se casó con el tan odiado Reth Butler y consiguió dinero para su negocio de maderas gracias a la explotación de sus trabajadores. Tras la guerra destacó y eso en una mujer no estaba permitido. Pudo elegir entre quedarse en casa y vivir pobre o luchar con uñas y dientes para conseguir el dinero que tanto anhelaba. No conoció nunca la derrota aunque estuviera vencida de antemano. Gracias a su sangre fría fue capaz de asesinar a un yanqui para que no les robara lo poco que les quedaba en la plantación. 

   Se pasó toda su vida odiando a Melania y tras su muerte comprendió lo cruel que había sido con ella. Melania es el contrapunto de la fogosa protagonista: representa el lado bueno, la fuerza del débil, del tierno de corazón, todo aquello que Escarlata detestaba pero que una vez desaparecido echaría tanto de menos. Durante años, la bondad de la que Escarlata se desprende para no sucumbir será una constante en Melania, siempre con una espada en la mano, luchando por ella contra el fuego, los yanquis, el hambre y la miseria, contra la opinión pública y hasta las personas de su misma sangre. Mujer fatal sin saberlo, Escarlata O’Hara enamoró a los hombres y despertó las envidias de muchas mujeres que reprobaron su descarada actitud. Su más terrible fallo fue no darse cuenta de su amor por Rhett hasta que fue demasiado tarde; “¿Se te ha ocurrido pensar que yo te amaba todo lo que un hombre puede amar a una mujer?” -le confesará él al final. Jamás comprendió a ninguno de los dos hombres a quienes amó y así los perdió a los dos. En su empeño por salirse con la suya hirió demasiados corazones y fue dura y cruel con aquellos que la amaban. Siempre deseaba volver atrás para cambiar sus actos pero eso hubiera sido imposible porque Escarlata había renunciado desde el inicio de su lucha a permitir que sus sentimientos ablandaran su corazón de niña insensible.

   Sólo Rhett Butler, un hombre sin honor y que la conocía realmente, pudo dominar siempre la situación fingiendo indiferencia, al saber que confesar su amor a Escarlata significaría convertirse en otro de sus muñecos. Al final de la historia, él se quita la máscara y desnuda su corazón ante ella: “¡Te amaba tanto Escarlata! Sólo con que me hubieses dejado, te habría querido tan dulce y tan tiernamente como nunca amó un hombre a una mujer. Pero no podía dejar que lo averiguases porque sabía que me creerías débil y tratarías de usar mi amor contra mí”. 



   Es imposible no admirar a esta ambigua y sensual heroína, tan auténtica, tan real, una mujer nada común para su época que decía y hacía lo que le apetecía, que no se doblegó jamás ante las circunstancias, que supo explotar sus cualidades femeninas y abrirse camino en un mundo que se desmoronaba ante sus ojos. Una mujer que renunció a la moral y optó por vivir sin conciencia, siempre en el ojo del huracán, destrozando a los débiles y uniéndose a los ganadores, renunciando al pasado para sufrir sólo lo justo y rechazando a un hombre de película, que la ayudó en todas sus luchas, en su afán por aferrarse a Ashley Wilkes, un amor de papel. Una mujer, en fin, como nunca vio la historia del cine, con unas virtudes infravaloradas por la sociedad de aquella época y con una capa de inocencia fatal que la dejó sola pero no vencida, desafiando al inevitable destino por enésima vez. Es precisamente su forma de ser, tan atrevida, tan cruel, pero a la vez tan desamparada y tan niña lo que hace de Escarlata O’Hara un personaje inolvidable, modelo de luchadora infatigable y mujer rebelde que no podrá pasar nunca de moda.

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El discurso del Premio Nobel

 Mario Vargas Llosa, actualmente considerado como uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, ha obtenido el Premio Nobel de Literatura, el más prestigioso galardón de las letras universales con su obra "Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota". Es digna de elogio su trayectoria personal y profesional, en estos momentos tan dulces de su vida, con un reconocimiento más que merecido a estas alturas y con otros premios a sus espaldas, desde el Cervantes al Príncipe de Asturias. Su vida y su obra son paralelas y reflejo de una rebeldía manifiesta, de un lacerado inconformismo. Así pudo apreciarse en el discurso “Elegio de la lectura y la ficción”, leído por este colaborador asiduo de el periódico El País en la Academia sueca de Estocolmo. Sus palabras y las lágrimas que las acompañaron emocionan. 

   Su pasión por la lectura y su aprendizaje con los maestros literarios, sus estudios de Derecho y Literatura, su vocación de escritor en un país (Perú) sumido en el analfabetismo y la injusticia, su estancia como ciudadano del mundo en diferentes países europeos y el haber sido testigo de diferentes acontecimientos políticos y sociales conforman un conglomerado de vivencias que condicionan su personalidad, su obra literaria y su participación activa en política. De todo ello habla en un discurso cuyo lema podría resumirse en una de las frases que más me ha conmovido: “igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”. Su contenido se convierte de esta forma en un homenaje a la escritura como forma de lucha contra la resignación del oprimido, como una vía de escape a vidas mejores y más felices que la que nos ha tocado vivir, como antídoto contra la falta de libertad, como la medicina que fomentará el espíritu crítico y comprometido con la sociedad y la justicia. 

   Podría decirse que el hombre conquista al escritor o el escritor define lo que es el hombre. Y Mario Vargas Llosa, siempre agradecido con España, país que le concedió la ciudadanía y le convirtió en el primer escritor latinoamericano miembro de la Real Academia Española, se muestra al desnudo en un discurso en el que no sólo habla del surgimiento de la civilización al fuego de un narrador e inventor de historias que permitirían soñar a generaciones futuras, sino que, marcado por las injusticias sociales, se erige en defensor de la democracia y los derechos humanos, del individuo libre y con conciencia lectora. Su rotunda condena a las diferentes formas de totalitarismo que arrasan el mundo oscurece las ideologías políticas despóticas cuyas disertaciones alimentan la barbarie y el fanatismo. Detractor de las dictaduras y enemigo acérrimo del nacionalismo excluyente y racista, aboga por la convivencia, la tolerancia y el pluralismo. Por ello es comprensible y hasta necesario que el hombre recurra a la literatura, y viva de ella, y salve su alma, y compare ambos mundos, el real y el que se le ofrece sobre el papel. La literatura finge una vida que todos desearíamos vivir, al margen del caos, de los genocidios y guerras, de atentados y sangre, una forma de cambiar de realidad, de agredir a las dictaduras, de soñar sin nadie que nos diga cómo hacerlo, de ser libres y conquistadores, en lugar de autómatas y esclavos. 

   Política, literatura, ficción, vida y libertad. Merecidísimo Premio Nobel para un caballero que se viste por los pies y que, tal y como refleja su discurso de agradecimiento, ha sabido expresar y transmitir sus vivencias, sus sentimientos, sus fobias y pasiones a través de unas letras que, de tan universales y mágicas, son capaces de burlar a la censura más poderosa. ¡Felicidades, Mario Vargas Llosa!
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