Sus discusiones nacían y morían entre todo aquello que compartían. Un día de playa, el olor a chocolate caliente, el beso más inesperado, la reconciliación más dulce, la complicidad de una mirada. Eran polos opuestos condenados a amarse más allá de sus diferencias. Su vida era un eterno duelo, siempre confrontados, dudando a veces de su relación, nunca aprendiendo a separarse del todo. No compartían metas, ni gustos musicales, ni creencias, ni siquiera la misma visión del mundo. El ataque tenía siempre su contraataque. Su proyecto de vida en común era realmente arriesgado pero merecía la pena intentarlo. Porque el amor puede ganar la última y definitiva de las batallas. En el fondo, ambos eran uña y carne, enamorados de aquello que a cada uno le faltaba y que encontraba en el otro. Ella se moría por sus besos y él se moría por dárselos.
ESTHER DE LÓZAR CUEVAS
Dedico este pequeño espacio de intelectualidad a mi gente, que me regaló unas alas inmensas; a la vida, que me enseñó a emprender el vuelo sin estrategias ni maquillaje; a la educación, que me hizo libre. Esta mariposa de altos vuelos recupera su pluma... y escribe. ¡Bienvenidos a mi blog!
"La pluma es más poderosa que la espada y escribir con ella es considerablemente más fácil" (Feldman)
"Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito" (Shakespeare)
"El alma tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene" (Victor Hugo)
"La peor lucha es la que no se hace" (Karl Marx)
"Lo que con más trabajo se adquiere, más se ama" (Aristóteles)
Ella y él
Ella era un ángel y él, un chico rebelde con apariencia de diablo. Ella se emocionaba con las películas románticas, él repartía su corazón entre el boxeo y la guitarra eléctrica. Ella anhelaba escapar de la ciudad a un sitio más tranquilo. Él amaba las ruidosas calles entre las que había crecido. Ella soñaba despierta y él vivía de noche. Ella lloraba en silencio. Él, maldecía a gritos. Ella era demasiado perfeccionista. Él no era muy amigo del orden. Ella pensaba en su futuro. Él se limitaba a su presente. Ella se pasaba horas delante del espejo. Él la encontraba más bella al natural. Ella era una idealista que vivía por y para sus sueños. Él, un hombre con los pies en la tierra que no esperaba mucho más de la vida. Ella se preocupaba de los detalles más insignificantes y el rímel siempre a punto. Él no daba importancia a las apariencias. Ella era de marisco y él prefería la carne. Ella odiaba sus ridículas camisetas y sus zapatillas desgastadas. Él jamás pensó en deshacerse de ellas. Ella se pasaba las horas leyendo y él se confesaba enemigo extremo de las letras y sus historias. Ella se deshacía en un mar de confidencias. Él se lo callaba todo. Ella era una niña bien. Él no encajaba en sus fiestas pero no le importaban las opiniones de fuera ni los comentarios hirientes.
Sus discusiones nacían y morían entre todo aquello que compartían. Un día de playa, el olor a chocolate caliente, el beso más inesperado, la reconciliación más dulce, la complicidad de una mirada. Eran polos opuestos condenados a amarse más allá de sus diferencias. Su vida era un eterno duelo, siempre confrontados, dudando a veces de su relación, nunca aprendiendo a separarse del todo. No compartían metas, ni gustos musicales, ni creencias, ni siquiera la misma visión del mundo. El ataque tenía siempre su contraataque. Su proyecto de vida en común era realmente arriesgado pero merecía la pena intentarlo. Porque el amor puede ganar la última y definitiva de las batallas. En el fondo, ambos eran uña y carne, enamorados de aquello que a cada uno le faltaba y que encontraba en el otro. Ella se moría por sus besos y él se moría por dárselos.
Sus discusiones nacían y morían entre todo aquello que compartían. Un día de playa, el olor a chocolate caliente, el beso más inesperado, la reconciliación más dulce, la complicidad de una mirada. Eran polos opuestos condenados a amarse más allá de sus diferencias. Su vida era un eterno duelo, siempre confrontados, dudando a veces de su relación, nunca aprendiendo a separarse del todo. No compartían metas, ni gustos musicales, ni creencias, ni siquiera la misma visión del mundo. El ataque tenía siempre su contraataque. Su proyecto de vida en común era realmente arriesgado pero merecía la pena intentarlo. Porque el amor puede ganar la última y definitiva de las batallas. En el fondo, ambos eran uña y carne, enamorados de aquello que a cada uno le faltaba y que encontraba en el otro. Ella se moría por sus besos y él se moría por dárselos.
La narcotraficante pija
Era una niña bien perteneciente a una familia noble de Burgos. Nieta de militares y educada en un colegio elitista, ya de joven destacó por sus conductas transgresoras y una desmesurada ambición que 25 años después la conduciría a la ruina. Dos años de investigación intensa por parte de la policía dieron sus frutos el 7 de enero de este año con el desmantelamiento de su negocio y su posterior encarcelación. Era la reina de la cocaína, la mayor narcotraficante de España. Su nombre, Ana María Cameno. Entre los escalofriantes datos de la denominada Operación Colapso destacan los 300 kilos de cocaína escondidos en un piso franco, dos millones de euros en metálico, la posesión de 470 móviles, bienes activos y financieros por valor de cincuenta millones de euros y 33 toneladas de productos químicos amontonados en lo que ha reconocido la policía ser el mayor laboratorio de cocaína de Europa, ubicado en una casa de campo de Madrid.
Ella era la protagonista indiscutible de la operación de distribución de droga, el cerebro y la relaciones públicas, una mujer exitosa que hizo del negocio del narcotráfico un arte y se ganó la confianza de los cárteles de droga sudamericana, concretamente las organizaciones colombianas, adquiriendo unos beneficios económicos bestiales que le permitían llevar un tren de vida que la puso en el punto de mira de la policía. Su tapadera era una joyería situada puerta con puerta con el Ministerio de Interior y sus dos sociedades ficticias sólo le proporcionaban pérdidas.
El precio que hay que pagar por tanto lujo es el de cubrirse bien las espaldas y vivir bajo la presión de ser asesinada o ser descubierta y encarcelada. Las personas de su pasado que la recuerdan dicen de ella que era una mujer de armas tomar, de esa clase de personas que se sabe que, de un modo u otro, van a triunfar en la vida. Y su éxito era hasta enero palpable en la milla de oro de Madrid, clienta especial de las tiendas de ropa más exclusivas de la capital (pagaba en efectivo la friolera de hasta 5.000 euros por día), en sus coches de marca, en sus lujosos pisos, en su elevado nivel de vida, en los cincuenta mil euros invertidos en cirugía estética. Una empresaria pija pero nada visceral, cabeza pensante, que crea de la nada un imperio y celebra sus hasta treinta reuniones diarias con clientes en lugares públicos, que contrata y distribuye, que maneja y economiza. Es curioso pensar que una mujer haya podido alcanzar ese status en un mundo de hombres y ganarse la confianza de proveedores y sicarios, mafias y consumidores de alto standing. “Antes de contarte nada, me corto el brazo”, le dijo al policía tras su detención. Y es una pena también, que haya desperdiciado sus dotes empresariales en un mercado tan destructivo como es el de las drogas que ahora la condenan a un interrogatorio tras otro, mientras el diablo aguarda tras la puerta, paciente y burlón, sabiendo que la factura que la espera va a ser muy difícil de pagar.
Es lo que tiene la droga. Hay quienes la consumen y se consumen y hay quienes la comercian y se forran. Y ocultos pero activos están los cuerpos policiales para desmantelar el negocio ilegal y destruir los sueños de la narcotraficante pija, hoy en prisión preventiva sin fianza a espera de una sentencia judicial. Ha caído su imperio, han terminado sus días de gloria y de compras caras y ostentosas. La diosa triunfante, inmutable y más vulnerable que nunca baja del Olimpo para estrellarse con los simples mortales y las sábanas frías de una cárcel de mujeres de Extremera (Madrid). Pocos accesorios que llevarse, muchas cuentas por saldar.
La nueva televisión
Hoy día, la televisión en España ocupa un espacio importante en el ámbito cotidiano y se ha erigido como el medio de comunicación preferido por la audiencia, amenazando con su atractivo visual al resto de medios. Ha pasado de ser una fuente de información a convertirse en el aparato de ocio y entretenimiento por excelencia e incluso el cine ve relegado su papel por el rol dominante de la televisión.
Gracias al desarrollo de nuevas y cada vez más perfeccionadas tecnologías, la televisión logra perpetuar e incluso remarcar su presencia en la vida del ciudadano. En los últimos años hemos asistido a un profundo proceso de liberalización del sector de las telecomunicaciones: el gobierno ha adjudicado las concesiones a los operadores de cable, se producen nuevas operaciones por parte de las plataformas digitales, la telefonía sigue su proceso liberalizador... Estos cambios, junto a la cada vez más evidente expansión televisiva (aumento de las emisiones de nuevas licencias, tanto para analógico y digital como para TDT), supone un gran salto tecnológico al tiempo que implica una concepción diferente de la televisión y unos cambios importantes en los hábitos de los consumidores y de los profesionales de la comunicación, al tener éstos últimos que adaptarse a los nuevos procedimientos para la elaboración y difusión de la información. Igualmente, el proceso de digitalización lleva implícitas una serie de inevitables limitaciones tecnológicas como es el caso de la resistencia al cambio de las propias estructuras televisivas e incluso del espectador.
La televisión digital no sólo supone un cambio en los procesos comunicativos sino una revolución en la cultura televisiva y en el consumo de la pequeña pantalla. La audiencia se reconoce cada vez más exigente por lo que el nuevo modelo de televisión digital contará con una mayor capacidad y calidad que permita nuevos y mejores servicios que los actuales. La forma de ver televisión cambiará y por ello, el espectador dejará de ser pasivo para dialogar con su televisor, tomar decisiones que afecten a la programación e incluso navegar por la world wide web con su mando a distancia. Se aprecia por lo tanto un cambio radical en el papel asignado a la televisión que deja en segundo plano su vertiente informativa para ofrecer relajación y entretenimiento gracias a una diversificación en su oferta, la multiplicación del número de canales y el desarrollo de nuevos modos de consumo televisivo. Por lo tanto, frente a la televisión en abierto, que acoge la oferta generalista, se encuentran las plataformas de pago que representan el concepto de calidad (venden el producto de pago asociado a esa idea). Se establecen de esta forma dos planteamientos paralelos, dos mercados distintos, dos maneras diferentes de afrontar la elaboración y presentación de la programación.
Asimismo, la implantación de la tecnología digital también favorece el nacimiento de un nuevo concepto de televisión donde prima el carácter comercial (se oferta aquello que el público demanda y el objetivo prioritario es el de conseguir el mayor número de audiencia) y la competitividad que empuja a la oferta multicanal; se vende entretenimiento. Esto quiere decir que la idea tradicional de televisión como servicio público gratuito se desdibujará conforme el espectador vaya apreciando las ventajas de la televisión de pago. Atrás va quedando la idea de televisión como servicio público orientado a incidir cultural o políticamente en el público. Ahora priman las estrategias programativas encaminadas al logro de la mayor audiencia posible y como explica Enrique Bustamante, Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid, en el fondo el mundo de la televisión es un negocio más y como tal, su fin más inmediato es la obtención de beneficios, en este caso, el éxito de sus contenidos a través del mayor share posible y, en consecuencia, un mayor número de inserciones publicitarias.
Gracias al desarrollo de nuevas y cada vez más perfeccionadas tecnologías, la televisión logra perpetuar e incluso remarcar su presencia en la vida del ciudadano. En los últimos años hemos asistido a un profundo proceso de liberalización del sector de las telecomunicaciones: el gobierno ha adjudicado las concesiones a los operadores de cable, se producen nuevas operaciones por parte de las plataformas digitales, la telefonía sigue su proceso liberalizador... Estos cambios, junto a la cada vez más evidente expansión televisiva (aumento de las emisiones de nuevas licencias, tanto para analógico y digital como para TDT), supone un gran salto tecnológico al tiempo que implica una concepción diferente de la televisión y unos cambios importantes en los hábitos de los consumidores y de los profesionales de la comunicación, al tener éstos últimos que adaptarse a los nuevos procedimientos para la elaboración y difusión de la información. Igualmente, el proceso de digitalización lleva implícitas una serie de inevitables limitaciones tecnológicas como es el caso de la resistencia al cambio de las propias estructuras televisivas e incluso del espectador.
La televisión digital no sólo supone un cambio en los procesos comunicativos sino una revolución en la cultura televisiva y en el consumo de la pequeña pantalla. La audiencia se reconoce cada vez más exigente por lo que el nuevo modelo de televisión digital contará con una mayor capacidad y calidad que permita nuevos y mejores servicios que los actuales. La forma de ver televisión cambiará y por ello, el espectador dejará de ser pasivo para dialogar con su televisor, tomar decisiones que afecten a la programación e incluso navegar por la world wide web con su mando a distancia. Se aprecia por lo tanto un cambio radical en el papel asignado a la televisión que deja en segundo plano su vertiente informativa para ofrecer relajación y entretenimiento gracias a una diversificación en su oferta, la multiplicación del número de canales y el desarrollo de nuevos modos de consumo televisivo. Por lo tanto, frente a la televisión en abierto, que acoge la oferta generalista, se encuentran las plataformas de pago que representan el concepto de calidad (venden el producto de pago asociado a esa idea). Se establecen de esta forma dos planteamientos paralelos, dos mercados distintos, dos maneras diferentes de afrontar la elaboración y presentación de la programación.Asimismo, la implantación de la tecnología digital también favorece el nacimiento de un nuevo concepto de televisión donde prima el carácter comercial (se oferta aquello que el público demanda y el objetivo prioritario es el de conseguir el mayor número de audiencia) y la competitividad que empuja a la oferta multicanal; se vende entretenimiento. Esto quiere decir que la idea tradicional de televisión como servicio público gratuito se desdibujará conforme el espectador vaya apreciando las ventajas de la televisión de pago. Atrás va quedando la idea de televisión como servicio público orientado a incidir cultural o políticamente en el público. Ahora priman las estrategias programativas encaminadas al logro de la mayor audiencia posible y como explica Enrique Bustamante, Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid, en el fondo el mundo de la televisión es un negocio más y como tal, su fin más inmediato es la obtención de beneficios, en este caso, el éxito de sus contenidos a través del mayor share posible y, en consecuencia, un mayor número de inserciones publicitarias.
Ridícula Cenicienta III
(...) El sapo rugoso sigue ahí. Es el eco inconformista de otro tiempo, ni mejor ni peor. Sencillamente, diferente. En esta vida real no queda tiempo para las hadas ni los ogros, para los encantamientos ni hechizos, ni para las muestras de magia gratuitas. Hoy día tienes que tener cuidado con lo que deseas porque el mago que te escucha está corrompido y tiene demasiadas influencias. Ahora, esta ridícula cenicienta tiene que salir de su mundo de cristal a golpe de tacón, de ese tacón que en la adolescencia tanto deseó pero el cual fue incapaz de lucir luego con sobriedad y elegancia.
La rebeldía es lo único que queda, tras convertirme en superviviente de mis propios anhelos, de mis estrepitosos fracasos, de mis escandalosas derrotas. El enano gruñón bajó el telón de un mundo fantástico y ahora de nuevo el ingreso a la realidad de pluma y críticas, de lucha y desgaste, de deudas que saldar, hipotecas por pagar, una vida de estudio y sacrificio por delante, un trabajo que merecer, un reconocimiento que obtener, un amor que alimentar, una vida por vivir, unos sueños por cumplir...
Pero el sapo rugoso me sigue mirando y me pone ojitos. Algún día esta ridícula cenicienta se atreverá. Y le dará un beso. Y volverá a su desordenada y caótica peor edad. Ya lo verás. Y creerá saberlo todo, y se estrellará. Pero no pienso impedirle la caída de esos quince años, de esos quince centímetros de perverso y cursi tacón rosado. FIN
Fraude de la SGAE: Operación Saga
La cúpula de la SGAE está temblando y no es para menos con la noticia de su investigación por parte de la Audiencia Nacional de España por desviación de fondos (aproximadamente unos 400 millones de euros). La detención de nueve personas, entre ellas su máximo gestor Teddy Bautista, agrava las críticas y la indignación hacia una entidad privada sin ánimo de lucro que ya había sido cuestionada en numerosas ocasiones por su permanente abuso de poder en base a su posición monopolística en el mercado de la gestión de los derechos de propiedad intelectual (recordemos la polémica suscitada por su decisión de cobrar en conciertos benéficos, la cuestión del controvertido canon digital o el revuelo creado por la desafortunada Ley Sinde).
En su página oficial, la Sociedad General de Autores y Editores se define como una “entidad de gestión colectiva dedicada a la defensa y gestión de los derechos de propiedad intelectual de sus más de 100.108 socios, creadores y editores musicales de todo el mundo”. Sin embargo, sus prácticas poco transparentes y su dudosa actuación a la hora de la distribución de los fondos por explotación hacen que la honestidad brille por su ausencia y que parezcan primar los intereses particulares frente al respeto de sus supuestamente defendidos derechos de autor.
Escasa credibilidad le queda a esta asociación cuyo hasta hace nada presidente, Teddy Bautista, ex componente del grupo mítico Los Canarios, confesaba abiertamente en la red que ganaba un sueldo de 250.000 euros anuales y que tenía asegurada una pensión de 24.500 euros mensuales. Este futuro jubilado, forrado a costa de su querida SGAE y que ha acusado a los internautas de ladrones (¡mire usted por dónde!), está imputado por la Justicia, con cargos de apropiación indebida, administración fraudulenta y delito societario.
Al margen de las responsabilidades personales de los implicados en este fraude millonario, la reciente denuncia presentada por la Fiscalía Anticorrupción por un supuesto desvío de fondos rompe de lado a lado con la necesaria existencia de una correcta cobertura legal de la propiedad intelectual en nuestro país, mancillada ésta dentro del entramado de empresas privadas que se han lucrado a costa de los fondos de la SGAE (entre otras, Microgénesis y Portal Latino) y violada por un Ministerio de Cultura anestesiado y cuyo nulo control sobre las opacas gestiones de la entidad dejan a su cabecilla (la ministra) en muy mal lugar. Y no podemos olvidar que esta entidad, que el año pasado repartió nada más y nada menos que unos 365 millones de euros entre sus 100.000 socios y que ahora está en el ojo del huracán, investigada por la Audiencia Nacional (con decreto de secreto de las actuaciones), es la misma que con su dedo acusador enviaba a sus guardianes trajeados a las bodas, bautizos y demás eventos privados, a los bares, a los videoclubs y otros comercios para cobrar religiosamente su recibo, en nombre, claro está, de los derechos de autor.
Resulta irónico pensar que esos autores, músicos, escritores y editores cuyos derechos intelectuales dicen estar protegiendo, sean los grandes perjudicados y renieguen de la SGAE. Lo cierto es que la censura colectiva hacia esta asociación es ya un secreto a voces y su afán recaudatorio, ahora con la trama corrupta al descubierto, indigna y avergüenza. El verdugo, al que sólo faltaba cobrarnos por tararear una canción en el metro, está de capa caída y sus inspectores de corbata y maletín habrán perdido mucho de su autoritarismo intimidador. Pero lo más triste de todo es que, entre investigaciones, tramas y directivos corruptos, la gran víctima de este entramado, el derecho a la propiedad intelectual, está de luto.
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