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- Reflexiones 1: "El amor y sus cristales"
- Reflexiones 2: "Diario de una rebelde"
- Reflexiones 3: "La reina de las letras"
ESTHER DE LÓZAR CUEVAS
Dedico este pequeño espacio de intelectualidad a mi gente, que me regaló unas alas inmensas; a la vida, que me enseñó a emprender el vuelo sin estrategias ni maquillaje; a la educación, que me hizo libre. Esta mariposa de altos vuelos recupera su pluma... y escribe. ¡Bienvenidos a mi blog!
"La pluma es más poderosa que la espada y escribir con ella es considerablemente más fácil" (Feldman)
"Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito" (Shakespeare)
"El alma tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que la sostiene" (Victor Hugo)
"La peor lucha es la que no se hace" (Karl Marx)
"Lo que con más trabajo se adquiere, más se ama" (Aristóteles)
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Enero cruel
Las batallas que libro no son tan dolorosas como las heridas que cruzan el alma y deciden quedarse conmigo, atadas a las debilidades que parecen barrer todo vestigio de luz, de virtudes. Vivo hoy un enero frío, de carreteras muertas y paisajes abstractos, de gestos que me sacan de quicio, de un calor que congela los sentimientos y me mira a los ojos para burlarse de mi lado más profundo. Soy una loca soñadora que convive con la indiferencia de un mundo que ya no cree en las cartas de amor y que obliga hipotecar sueños, a firmar contratos de soledad. ¿Qué sucederá cuando pasen los años y me mire al espejo preguntándome dónde quedaron las ansías de vivir, los proyectos que el invierno me impidió cumplir? No estoy dispuesta a renunciar a nada, quiero vivirlo todo sin que duelan las dudas, sin que me corte el hielo del porvenir. La corona hoy ya no parece tan segura porque no hay noticias de la reina de las letras, ni de esos sabios que van quedando marginados y olvidados, en un lugar del palacio llamado anonimato. Hoy triunfan otros valores, los conocimientos por los suelos, la superficialidad en su máximo apogeo, el infierno más negro de los inviernos. Esquivo como puedo las mentiras que se apiadan de mí, las ironías de los que hace tiempo dejaron de creer en sí mismos, las palabras tremendistas que me alejan de todo lo que anhelo ser y me coloco sin preámbulos en ese camino, de nuevo en el punto de partida pero con las ideas firmes sobre el agua helada. No quiero quedarme en el invierno de este enero, en un enero tan tentador como cruel, que pretende ser un abrigo de mortal abrazo, una claudicación perpetua. He de hacer la maleta, guardaré las letras que me redimen, los excesos que me dan la vida, la valentía que sabrá gestionar mis miedos. Equivocada o no, hoy creo ciegamente en un sol que seduce a la mismísima nieve, soberana en las montañas más altas, inmaculada y letal en el alma. Intentarlo siempre. Aunque vuelva otra nevada, aunque sienta que este enero me mata. La sociedad está aterida de frío, hipnotizada, le cuelgan las fuerzas, esta estación la desarma. En estos tiempos difíciles que tratan de explicarlo todo y no justifica nada yo sigo buscando mi sitio, tratando de no perderme, buscándome cuando eso pasa. Entre el fuego del invierno y las rosas que sobreviven estoicamente a las gélidas heladas. En un enero bello, artificialmente iluminado, cautivador… un enero cruel.
Mientras duerme la ciudad
Cuéntame ahora, mientras duerme la ciudad, ahora que no quedan restos de fracaso rodeando las esquinas, ahora que la vida parece haberse detenido en una lágrima, en un suspiro, en tus pupilas. Cuéntame cómo has sobrevivido a las tempestades, a las heridas que siguen sangrando, al naufragio sempiterno que sigues arrastrando. Renaces cada primavera, con tu mejor vestido, siempre preparada para la lucha, con tus planes futuros aleteando entre edificios y almas sin consuelo, esperando el tren de las terceras oportunidades. Dime si no te pasa como a mí, dime si no temes quedarte atrás, atrapada entre las puertas que injustamente una vez cerraste, anclada en la limusina de las ocasiones perdidas, contando traiciones, poniendo cara y nombre a tus errores. Explícame ahora, en este silencio desgarrador, cuáles serán tus próximos movimientos, dónde desembocarán esas ansias de vivir, dónde escondes tus cientos de contradicciones, cómo vivirás este nuevo año. Eres envidiada por valiente, admirada por haber mostrado tu peor cara, por no ocultar tus derrotas tras una careta, por sobreponerte a las despedidas que implican renuncias. No te alcanzan las flechas de la cordura porque te defines a contraluz, cuando llega el ocaso y nadie pide explicaciones. Eres única por complicada, sin definición ni manual de instrucciones, con tus anhelos de conquista como epílogo alternativo, sin segundas intenciones. Adelántame alguna de tus absurdas pretensiones, qué harás con el porvenir, con el recuerdo de tus locuras, que una vez también fueron las mías, con las diminutas luces de añoranza que iluminan tu espacio y te retratan. Equivocada pero firme, diluida pero convincente. Cuéntame ahora, mientras duerme la ciudad, con un cielo oscuro que eclipsa mi futuro, cómo extenderás las alas y si te dolerá el golpe después. Demasiadas nubes negras pero tú no las ves. Sigues guardando el pasaporte a la eternidad en el bolsillo de las derrotas. Te mantienes despierta, viva, idealista… contemplando una ciudad que hace tiempo dejó de soñar.
Para los que luchan por su futuro sin renunciar a los sueños...
Traje de fantasía
Con mis sueños de reina ilustrada puedo vencer las soledades más oscuras del alma. Tengo mis trucos, mil pociones mágicas. Sólo pretendo escapar de una hipocresía que me desgarra, de una realidad que no me convence, de una dictadura que convierte a mis príncipes en rana. Soy una niña disfrazada de cuento de hadas, una palabra que nadie fue capaz de susurrar, el eco del amor reclamando una segunda oportunidad, esa clase de certezas que de seguro buscarás. Las quimeras resbalan por mis mejillas, por ingenuas, por ficticias, y todo aquello de lo que equivocadamente renegaste envuelve mi varita, esperando la magia de otra vida. Prefiero mis verdades, mis silencios, mis negativas. Son más valiosos que las mentiras que cuelgan de los dedos y obligan a seguir con la farsa. Mi traje de fantasía no está hecho para discursos victimistas porque hoy todo parece limitar las posibilidades del hombre. Y yo sigo buscando esa rebeldía que antes se podía tocar, esas ilusiones que se perdieron entre la bruma matutina de una ciudad colosal, esas mentes prodigiosas que no parecen querer despertar, esa voz injustamente exiliada que me enamore una vez más. Vivimos tiempos de escasez, tiempos de renuncia, de promesas fracturadas. La varita oxidada pero yo me niego a capitular. Apuesto por los finales felices, por los planes que quedaron esperando, por los besos que aún no me han dado, por las palabras que, usadas correctamente, son capaces de expresar tanto. Empezaré el año así, con mi traje de fantasía, con mis letras por bandera, con la eternidad apoyada sobre mi barbilla. Luchando por mis ideales, fracasando con estilo, convirtiendo mis palabras en arte. Con una honestidad brutal, con unas ganas locas de volar, con una aficionada pluma crítica que, por soñadora y vital, sé que me deslumbrará.
¡Feliz año para todos!
Princesa
Hola princesa. Tengo grandes sueños para ti. Sueños reales, sólidos. No como esas pompas de jabón que no llegarán a su destino, frágiles burbujas condenadas a una muerte segura. Sé que ahora no eres consciente de mis palabras, que no entenderás nada de lo que te cuente. Pero necesito construir tu futuro día a día. Sin egoísmos, con moderación. Para que seas capaz de ver a través de mis ojos y comprendas que todo lo hago por tu bien. Y, aunque en ocasiones me equivoque, mis intenciones son las mejores. Te mimaré lo justo, te enseñaré el sentido de las palabras, reprenderé tus acciones equivocadas, me convertiré en tu luz y en tu sombra. Haré de tu educación la más bella de las artes y con tus conocimientos doblegarás la voluntad del más fuerte. Quién sabe, puede que hasta un día te nombren reina de las letras. Pero aunque eso no fuera así, yo voy a estar ahí, para bajarte la luna, para subirte hasta el cielo. Ahora sigue con tus pompas de jabón, con la ingenuidad de la niñez reflejada en su exterior, y háblame de tu vestido blanco, del castillo en el que vives, de la bruja que te atormenta. Ahora me toca a mi escucharte, princesa.
No quedan héroes
No quedan héroes, sólo princesas cargadas de oscuras intenciones. La sociedad moderna se tragó la humanidad, los valores, el propósito de ser mejores. El capitalismo nos devora, ya no hay tiempo para la buena prosa. Buscando razones perdemos las formas, encontrando excusas nos fallan los motivos, atados al individualismo renunciamos a la verdad, todo es un aditivo. El ego resquebraja la piel, niega miradas de empatía, palabras sinceras, recuerdos compartidos. No hay sitio para la nostalgia, para las declaraciones de amor, para disfrutar de un día de reflexión, para soñar con un mundo mejor. Los versos carcomidos, los sueños dormidos, la ilusión en el cajón de las causas perdidas. La ciudad no pide explicaciones, los transeúntes no quieren darlas, todo es más sencillo a la luz de una dulce decadencia. No estamos preparados, los más soñadores no lo estamos, y creemos que la vida tiene que ser algo más que un pastel acartonado. No quedan valientes, ni rosas, ni vendedores de esperanza. Por lo menos no en mi calle. Cada uno a lo suyo, con las palabras huecas, los ojos vacíos, la fortaleza en el armario junto a los trajes de la hipocresía. Y yo con mis utopías, con mi corazón de niña, con una falda de fantasía y unos tacones que hieren, con mis falsos deseos de ser más alta. Con el capitalismo sonriendo en el cristal de mi ventana y yo sin capitular, luchando contra mi lado ambiguo, descalzándome para correr en busca de héroes que sostengan mis frustradas teorías.
Letras bailarinas
Mis letras bailarinas definen todo lo que soy y defienden todo lo que amo. Ellas no necesitan excusas para renacer y encontrar el momento. No pueden vivir al margen del corazón y por eso quizá son tan humanas y tan certeras, directas al sentimiento más clandestino, a un beso impronunciable, a un murmullo arrollador. No saben de mentiras ni de secretos, pero expresan tan bien las debilidades y altibajos del hombre que nacen para quedarse y viven para recordar. Su baile es perpetuo y se multiplica en el tiempo, tanto para pedir perdón como para enfrentarme a los inviernos. No proceden de la reflexión pausada, ni siquiera de una realidad vivida. Pero me acompañan y nacen de dentro, su vals es cursi y su discurso puede que empalagoso pero son mis letras bailarinas y merecen un respeto, un puesto de honor en un mundo de palabras rotas e hirientes. Aunque nadie las leyera, aunque nadie se fijase en ellas, yo seguiría mi baile en soledad para recordar que mis historias son un teatro con protagonistas de carne y hueso y las consonantes un legado que me sobrevivirá. Buscando un sitio están, sin desprenderse de ese vulnerable halo de idealismo y fatalidad, acariciando la locura, desquiciando a la reina de las reinas, la reina de las letras, que se burla de mis tildes pero envidia mis vocales. Y sujeta su corona, por si llegan tiempos peores y sustitutas despiadadas. Su miedo me anima a seguir con mis letras. Letras incomprendidas, novatas, rasgadas, inconfundibles… mis letras bailarinas.
En tierra de nadie
Mi sed de conquista me ha traído hasta aquí. Hasta un paraje solitario y abandonado, cerca del fin del mundo, lejos de todo lo conocido y amado. No pensé que para llegar a la cima tuviese que perder tanto, no creí que la victoria llegase acompañada de heridas y ausencias. Las ansias por llegar implicaban una dolorosa renuncia. Y yo iba preparada, con mis zapatos rojos, mi vestido de primavera, mi insultante ingenuidad. Esperaba un cielo azul y un día soleado pero las nubes rabiosas han eclipsado mi atardecer, fundiendo el sol con el negro más desolador. Esperaba una tierra fértil, llena de vegetación y animales, y me encuentro con unos campos áridos y secos, sin vida ni color. Mi percepción del sitio más bello de la tierra no tiene ahora significado porque lo que realmente me importaba se quedó atrás sin yo saberlo, cegada por un puesto monoplaza en el mirador de honor de un horizonte clandestino. Puedo vivir bajo mínimos, sin oxígeno. Pero no puedo seguir sin compartir lo que veo y mi pérdida ha sido tan grande que esta acuarela de luces se ha oscurecido en el lienzo. Lo que merece la pena ha quedado arrinconado, en estado de espera. Ahora comprendo que lo importante no era la llegada sino el recorrido. He sido la primera en pisar este suelo virgen pero no voy a quedarme. El camino de vuelta me llama y regreso sobre mis pasos, tratando de recuperar lo que nunca debí dejar olvidado. Sin despedirme siquiera de un paisaje vacío, de una tierra de nadie.
Vivir así
Vivir así, qué dulce medicina, qué sutil claudicación. Ajenas al miedo que envejece la piel, anestesiadas en un continuo vaivén. La vida les queda demasiado grande, falsa y desquiciante, y prefieren volar con sus alas ficticias, ancladas durante el día en un columpio de esplendor, en un columpio que nada sabe de trampas, en un columpio que todo lo cura, menos las heridas del alma. Las melenas al viento, los pecados colgando, el temor a fracasar resquebrajado. El viento a su favor, las aves las envidian, la belleza de su rostro se mezcla con la más pura poesía. No hay guerras, no hay maldad, no hay papeles que desempeñar, no hay mentiras que inventar. Vivir así, con la sonrisa cosida a la boca, con la esperanza de hacer cosquillas al sol tras cada subida y bajada. Todo es más fácil así, la lluvia no cala ni la envidia traspasa y el ser humano soñando con fabricar un columpio igual para no tener que vivir de prestado. Ellas son felices a su modo, alejadas de las cosas que lastiman, aspirando a llegar más alto, entre confidencias y abrazos. Hasta que el sol se pone y la tiranía de la noche las obliga a regresar y decir adiós a sus sueños y a unas alas artificiales que se pegan a la piel y esperan expectantes un nuevo amanecer. Vivir así, en un eterno paréntesis, los días despejados, los minutos robados, las preocupaciones vaporizadas, el columpio subiendo, el columpio bajando.
Antagonista
Estoy cansada de los cuentos a medias, de las princesas teñidas, de las apariencias que ocultan defectos y sueños. La protagonista de la historia se deja llevar, sufre demasiado, no está atenta a las señales ni a la manzana envenenada, se enamora por error, es una tonta a la que le falta sentido común y le sobra ñoñería. Saborea demasiado su fábula o puede que ni siquiera sepa vivir al margen de guiones y alfileres. No encuentra lo que busca, no merece lo que se lleva, no dice lo que realmente piensa. Me resulta demasiado aburrida e insulsa, incapaz de romper un plato, necesitada siempre de un caballero de papel que acuda a su rescate. No fuma, ni bebe, ni insulta, ni se divierte. Nunca le pierden las formas ni le ganan las pérfidas enemigas, más listas pero con más mala suerte.
Me apetece romper ese guión desgastado, dar trabajo a esa niña cursi que ha quedado desfasada. Soy una digna rival, la antagonista por antonomasia, la mala malísima, la mala del cuento, la bruja disfrazada de inteligencia y constancia. Me convierto en la protagonista de todas las arpías que llevan siglos reclamando un sitio más abierto y ventilado en la historia de la literatura. Sin escoba ni maleficios. Sin manzanas envenenadas ni verrugas o dientes podridos. Para gritar lo que quiero y dirigir el rumbo de mi vida. Para reconocer mis tropiezos y mis fechorías en la hoguera y mostrar mi parte más humana en medio de ficciones y personajes acaramelados. Para matar a los dragones, para escapar de sus mazmorras. Para reírme de la princesa de porcelana y quedarme con su príncipe. Para llevar la contraria a una aspirante a reina que desperdicia su tiempo soñando en la torre mientras esta antagonista vive su sueño y se queda con su trono.
Perfeccionista
Eres demasiado perfeccionista. Siempre pendiente del más mínimo detalle, acariciando el cielo con las manos, furiosa sabiendo que nunca será para ti. Vives al límite de tus posibilidades, perfilando cada expectativa, exprimiendo tu esencia para quedar la primera. No eres amiga de segundos puestos, ni conocedora de la palabra fracaso pero masticas día a día la difícil tarea de mantenerte sobre la punta de los dedos, unos dedos curtidos pero también lastimados que te invitan a bajar el pistón, a no herirte tanto. Eres incansable, levantándote tras cada intento, negando las imperfecciones, puliendo arrugas, buscando técnicas concisas que te regalen momentos de gloria. No pretendo cambiarte, es tu forma de enfrentarte al mundo, tu doble esfuerzo para estar a la altura de una vida que exige demasiado y te roba demasiado. Tu minuciosa y descarnada lucha te entregará algún día lo que por legítimo derecho te pertenece pero no olvides mis palabras. Los altibajos y las dudas son necesarios, forman parte de tu baile. Nunca serás perfecta porque entonces tu lucha ya no tendría razón de ser. Perderías cualquier aliciente y te perderías a ti misma. No pretendo agobiarte, pero tus pies no aguantarán ese ritmo. Eres la mejor bailarina que conozco, la chica más exigente que hay. Pero ahora quítate esas zapatillas de muñeca y deja de girar. Quiero que descanses un poco. Tranquila, tu ideal de perfección está a salvo conmigo.
La tentación de Blancanieves
La Blancanieves moderna repite los errores de su antecesora. Olvida que la bruja adquiere hoy otras formas más peculiares pero igual de mortales. Insiste en vivir de ilusiones, sigue creyendo en el príncipe azul, no tan ingenua pero igual de inexperta, joven e ilusa... la víctima perfecta. Se aferra a amores imposibles y cae de nuevo en el sueño eterno. Quizá menos sumisa, más rebelde, con las hormonas revolucionadas y una melena más desenfadada. Pero la tentación está ahí para todas las Blancanieves, la juventud no perdona, el paso del tiempo no destierra las locuras ni los arrebatos. En el ataúd de cristal se vive mejor pero no tan intensamente y despertamos para sufrir de nuevo los latigazos de un nuevo veneno, más corrosivo, más sarcástico aún que el anterior. Estamos condenados a morder la manzana envenenada una y otra vez, a morir para después volver a empezar. El rímel de la curiosidad causa efecto y el espejo nos hace protagonistas de nuestras propias pasiones y de todas las envidias. Es Blancanieves la más bella, la que marca el camino, la reina de las reinas. La tentación acecha en las esquinas, en el rumbo de la vida, en las flores dormidas, en la sombra de nuestra historia. La manzana nos llama, nos seduce, nos libera… nos hacen caer lenta y dulcemente en el sueño sempiterno del que escaparemos con un beso o con nuestra propia inteligencia. La manzana envenenada, la manzana que consume pero que no dejaremos nunca de probar. Nuestra perdición, la más deseada y, probablemente, la más reprobable y prohibida. La tentación de Blancanieves.
Metamorfosis
Crecer implica aprender a decir adiós. Resignarse y desprenderse de sueños y milagros. Quizá por eso mi metamorfosis ha sido tan cruel y agónica. En la brecha de mis emociones me he mantenido siempre, reacia a aceptar unas alas prefabricadas, unos besos a medias, unos colores sombríos. Mi sentido común es traicionero y escapa de las garras del tiempo y de una madurez absurda que no cree ni en lo onírico ni en los besos del alma. La realidad es fría y viscosa y condena a vivir sin alternativas, los deseos pegados, como las alas, revoloteos efímeros y sonrisas desgastadas. Mi piel de niña ingenua resbala arrugada por las imperfecciones que han dejado mis fantasías de soñadora. El reloj marca la hora, el final de los tiempos, y yo anclada en mi pasado, odiando las despedidas pero sin querer tampoco renunciar a un vuelo magistral, a un viaje con historia. Despego las alas, confundida pero viva, superviviente entre crisálidas derretidas y mariposas negras. No quiero vuelos erráticos ni promesas prisioneras. Quiero el cielo azul, un mundo a mis pies, una vida contigo, un trono en el vértice de todas las aspiraciones perdidas. Escapa de esa jaula de acero, madura en mis chillones colores, crece enredado en mi inconformista piel. No me digas adiós… vuela conmigo.
En la orilla
A pesar de lo inmenso que es el océano, yo vivo en una de sus interminables orillas, al borde de mis sentimientos, en una arena de locura y tempestad. Tengo miedo a la marea y a las olas que rompen a mis pies, hiriendo mis miedos, arañando sus costuras. Soy una novata asustada, recogiendo las caracolas que llegan de un largo viaje y me susurran al oído sus historias por mar abierto. Envidio las escamas de los peces, las aletas de un delfín despistado, la luz del sol que se posa en las aguas para descansar. Pero yo sigo en la arena mojada, a la orilla de unas aguas cristalinas, a la orilla de unos secretos sin dueño, a la orilla de un coraje sin etiquetas, a la orilla de unos abrazos olvidados, a la orilla de unas palabras sin valor. Mis huellas desaparecen con el vaivén de la espuma y borran todo vestigio de mi diminuta presencia. Estoy anclada en la entrada, sin prohibiciones pero con recelo, sin preparación pero armada de tesón. Soy incapaz de despegar mis ojos de un azul profundo que quiere verme convertida en sirena. Pero yo sigo en la arena mojada, a la orilla de mi inexperiencia y de todas mis dudas, a la orilla de mi torpe ignorancia, junto a un montón de caracolas que, entre susurros, me piden que las regrese al mar del que vinieron para no morir enterradas.
Hoy mando yo
Espero que te haya quedado bien claro. Hoy mando yo, independientemente de tus trucos de magia y de tu capacidad de liderazgo. Soy la reina de mis días, una noticia de máxima actualidad, la fotografía que guardarás con añoranza, el libro que inevitablemente volverás a leer. Soy una estrella que destila elegancia, esa niña que guarda sus sueños bajo llave en el baúl de la niñez, un pastel sin fecha de caducidad, una promesa que no te atreverías a romper, el secreto que mejor sabrás guardar, un gesto de complicidad, la superación personal en su estado más puro. Hoy mando yo, que para eso tanto he luchado, te quito tu puesto de heroína corrompida y me asigno la corona. No quiero dramas, que bastante he sufrido. Digo adiós a mis miedos y a tus vicios, serían una carga demasiado pesada en mi sendero de gloria. Lo tengo todo planeado, todo bajo control. ¿Cómo crees sino que he llegado hasta aquí? Hoy ha caído tu imperio, querida vida, tu opositora te ha derribado. De todas mis revoluciones ésta ha sido sin duda la más metódica, la más disciplinada, la más estudiada. Tranquila, que no voy a perder mi tiempo pidiéndote explicaciones ni reclamándote lo que me has robado por el camino. Pero mi desafío sigue en pie, no quiero hablar de pactos. Hoy te robo los papeles, señora vida, y me apunto esta victoria. Hoy, por fin, mando yo.
Caprichos del tiempo
No sé si el tiempo me devolverá las palabras que una vez se mecieron en los labios pero que me sentí incapaz de pronunciar. No sé si este señor inmortal e infinito hará gala de sabiduría y eternidad y me regalará las frases que olvidé escribir en las líneas de mi desgastado cuaderno o si tendrá la amabilidad de susurrarme al oído todo lo que nunca me atreví a contarte y que parece olvidado ya. Si el reloj de la vida recuerda, a pesar de los años transcurridos, los besos que nos dimos, las miradas que nunca cruzamos, un agradecimiento callado, unas palabras de perdón que nunca llegaron a pronunciarse, una traición que encubrimos, una verdad que no nos quedó más remedio que ocultar, entonces yo me fundiré en sus agujas y trataré de ver a través de sus ojos. Tiempo pasado, tiempo perdido, tiempo olvidado, tiempo añorado. He enterrado su cuerpo en la arena de una playa sin nombre un día que no recuerdo, a una hora inexacta y sin minutos para poder recoger su esencia y retroceder a mi antojo sus manecillas.
Si el tiempo guarda todos esos instantes y todas esas palabras mágicas y posibles, me gustaría que volviera atrás, que deshiciera su minutero, que congelase sus latidos. A un año, a un día, a un segundo concreto para rectificar mis errores, borrar mis faltas, rememorar una voz que se fue, pulir los malentendidos, abrazar un recuerdo dormido. Pero este señor se empeña en avanzar impertérrito, sin escuchar mis súplicas, ajeno al dolor humano y a la añoranza de los años pasados. He frenado todos los relojes y he quemado todos los calendarios pero es imposible engañar al tiempo. Sólo quería una cita con él, yo, simple mortal, esclava de sus minutos y de sus caprichos, títere de sus designios, presa de sus antojos. Una cita, un día cualquiera, a una hora indeterminada, con los minutos por determinar, con los segundos sin establecer. Pero no me lo ha concedido. Sólo pedía un instante a un señor que tiene todo el tiempo del mundo. Comprendo que es imposible volver atrás y que el presente rápidamente se transforma en pasado. Lo comprendo ahora, cuando el reloj abandonado sin vida en aquella playa se asoma a la superficie, se despierta de su letargo e inicia su lento e incesante tic tac.
Si el tiempo guarda todos esos instantes y todas esas palabras mágicas y posibles, me gustaría que volviera atrás, que deshiciera su minutero, que congelase sus latidos. A un año, a un día, a un segundo concreto para rectificar mis errores, borrar mis faltas, rememorar una voz que se fue, pulir los malentendidos, abrazar un recuerdo dormido. Pero este señor se empeña en avanzar impertérrito, sin escuchar mis súplicas, ajeno al dolor humano y a la añoranza de los años pasados. He frenado todos los relojes y he quemado todos los calendarios pero es imposible engañar al tiempo. Sólo quería una cita con él, yo, simple mortal, esclava de sus minutos y de sus caprichos, títere de sus designios, presa de sus antojos. Una cita, un día cualquiera, a una hora indeterminada, con los minutos por determinar, con los segundos sin establecer. Pero no me lo ha concedido. Sólo pedía un instante a un señor que tiene todo el tiempo del mundo. Comprendo que es imposible volver atrás y que el presente rápidamente se transforma en pasado. Lo comprendo ahora, cuando el reloj abandonado sin vida en aquella playa se asoma a la superficie, se despierta de su letargo e inicia su lento e incesante tic tac.
De puntillas
Pasaba por la vida de puntillas, no quería molestar. Sobre los dedos de los pies apoyaba ella todo su peso, sus angustias, sus incertidumbres. No quería nunca llamar la atención, escapaba de los lugares ruidosos, de las muchedumbres y del eco de las voces potentes y escandalosas. El color de sus uñas era el de la discreción y se escondía entre los pliegues de su timidez y de la reserva a la que le conducía su sentido común. Nunca un movimiento en falso, tampoco un tono más elevado que otro. Paseaba su prudencia en silencio por las calles de la moderación y los papeles secundarios. Dejaba el protagonismo a los demás, permanecía en un eterno segundo plano, observando y comprendiendo, midiendo cada paso, siempre de puntillas, siempre a escondidas. Era una mujer que no había arriesgado nada en la vida o que quizá lo hubiese perdido todo. Escapaba de su sombra, de su pasado, de su futuro. Sin hacer ruido, para dejar también de existir en su presente. La existencia pesa demasiado para sostenerla únicamente con la punta de los dedos. Es como un suicidio diario, una penitencia a cuestas. Pero ella sobrevivía así, en la oscuridad, en sus desconocidas verdades, en todo lo que callaba. De puntillas, esperando no destacar a la luz del día, rogando desaparecer antes de que sus miedos descubrieran su paradero, sus inconfundibles pisadas a medias.
Mis historias
No sé si mis historias complacerán a la reina de las letras. Dicen que no hace caso a los novatos, que su memoria abarca siglos de versos y que entre sus neuronas quedaron atrapados los intelectuales más perfeccionistas, los escritores más osados. Su reinado es codiciado por artistas y sabios, envidiado por falsos poetas, ambicionado por todos aquéllos que aman y cultivan las palabras como la máxima expresión de un sentimiento o de un recuerdo que teme morir olvidado si no es expresado por escrito, inmortalizado en papel, comprendido por unas pupilas irisadas, devorado a través de la piel.
Los privilegiados que han visto de cerca su rostro temen perderse en las sílabas que se escapan de sus labios, en los inaccesibles vocablos, en las expresiones nunca antes escuchadas, en estructuradas frases y decadentes acentos, en la trampa de una prosa formalista y lejana hasta para un erudito que ha gozado de reconocimientos y prestigio. Aún me queda mucho camino, me pierdo entre las letras que descuelgan las nubes y trato de no quedar presa entre las garras de un diccionario sin significados ni esencia. A once pasos de la reina de las letras, quizá a cincuenta, quién sabe, la distancia es por ahora relativa, un punto de partida, una forma de conectarme a la vida de una reina impoluta. Quisiera que ella leyera lo que escribo, valorara mis palabras y hasta mis vacíos. Si desaprueba lo que hago no me quedará más remedio que volver sobre mis pasos. Dicen que no hace caso a los novatos pero yo por si acaso sigo con mis historias, sin hacer caso a las malas lenguas ni al desquiciante toque de queda. Esperando encontrarme con la reina de las letras, anhelando algún día, por qué no, poder competir con ella.
Los privilegiados que han visto de cerca su rostro temen perderse en las sílabas que se escapan de sus labios, en los inaccesibles vocablos, en las expresiones nunca antes escuchadas, en estructuradas frases y decadentes acentos, en la trampa de una prosa formalista y lejana hasta para un erudito que ha gozado de reconocimientos y prestigio. Aún me queda mucho camino, me pierdo entre las letras que descuelgan las nubes y trato de no quedar presa entre las garras de un diccionario sin significados ni esencia. A once pasos de la reina de las letras, quizá a cincuenta, quién sabe, la distancia es por ahora relativa, un punto de partida, una forma de conectarme a la vida de una reina impoluta. Quisiera que ella leyera lo que escribo, valorara mis palabras y hasta mis vacíos. Si desaprueba lo que hago no me quedará más remedio que volver sobre mis pasos. Dicen que no hace caso a los novatos pero yo por si acaso sigo con mis historias, sin hacer caso a las malas lenguas ni al desquiciante toque de queda. Esperando encontrarme con la reina de las letras, anhelando algún día, por qué no, poder competir con ella.
Estúpida madurez
Estúpida madurez, incomprensibles adultos. Ellos creen saber siempre lo que me conviene, lo que debe o no hacerse, lo que necesito llevar en mi equipaje de niña buena. Ellos, sí, los mayores, que me miran con ojos atentos y siempre vigilan mis pasos, y dicen que no entiendo porque aún soy pequeña, y me prohíben escuchar sus historias, y esconden ante mí sus problemas, y me hablan de disciplina y seriedad. Son cosas de mayores, dicen. Como si no supiera yo que los adultos crearon las armas, idearon las guerras, se hicieron enemigos. Y se matan entre ellos y hasta se dejan morir de hambre. Sus ideologías y sus patriotismos les ciegan, su ilógica madurez llena los telediarios de acontecimientos espantosos y bajo sus abrigos esconden ellos sus secretos y sus pecados. Y luego me riñen a mí… Qué incomprensibles son ¿verdad? Que no me vigilen tanto que yo no pienso crecer ni creer en su mundo de mentira. Me quedo con mis cuentos de ficción y mi vestido de princesa. Luego vendrán desesperados y me pedirán que cambie sus engaños por mis caramelos. Estúpida madurez.
Pobre mariposa del olvido
Afuera llueve, hace frío. La mariposa del olvido me observa desde el otro lado del cristal. Las gotas de agua resbalan por sus alas difuminadas y su mirada me dice que le queda poco tiempo. Quisiera creer en su poder de distracción y perderme entre sus colores ya apagados pero el pasado me llama, me duele, me devuelve la ilusión, me la quita, juega frente a frente con mi sentido común, me hace sonreír, conserva mis recuerdos, amenaza con cerrar sus puertas, me deja entrever la sonrisa inconfundible de las personas a las que amé.
A mis ochenta primaveras hoy me da por volver la vista atrás. A una época distinta, de sensaciones a flor de piel, de guerra y transición, de penurias y rosas blancas. Fui una mujer que se agarró con fuerza al tren de la salvación, que halló un pequeño islote en el mar de confusión que la envolvía. Amé y odié, creí y dudé, todo muy deprisa, todo a la vez. Amasijo de sentimientos que, sin ningún tipo de fundamento, trataba de escribir sobre el papel. No fue nada fácil, te lo aseguro. Yo no hice otra cosa más que vivir. Puede que aceleradamente, sin control, sin equipaje, rozando la locura, pero eso ya no fue mi culpa. No era mi intención alimentarme de ilusiones antiguas ni de momentos que naufragaron. No me podía quedar a la sombra de un tiempo mejor, por muy tentadora que fuera la idea. Sólo quería encontrarme tal como era. Huyendo de lo inseguro, mostrando mis heridas a un horizonte más comprensivo. Mientras el tiempo pasaba, me identificaba cada vez más con el olor a café en la madrugada, con el ruido familiar de nuestras sencillas conversaciones, con la dulce expresión de la diminuta bailarina. En esas cosas, a simple vista tan insignificantes, encontraba yo la felicidad. En lo que consideraba mío, en los gestos sin traducción, en los abrazos que se dan porque sí, porque se quiere. Fue como una prolongación de la vida.
La mariposa del olvido se confunde con el silencio de la tarde y comprende que su misión es inútil porque hoy quiero recordar. Pero me niego a hablar de mi vida como un álbum de ayeres. No son acontecimientos los que marcaron mi vida, sino las diferentes personas que pasaron por ella. Ahora que estoy palpando con delicadeza el frágil cristal de mis recuerdos, me pregunto a donde habrán ido las tardes que vivimos, las promesas que nunca nos atrevimos a romper, las profundas miradas que eran capaces de decirlo todo.
A mis ochenta primaveras hoy me da por volver la vista atrás. A una época distinta, de sensaciones a flor de piel, de guerra y transición, de penurias y rosas blancas. Fui una mujer que se agarró con fuerza al tren de la salvación, que halló un pequeño islote en el mar de confusión que la envolvía. Amé y odié, creí y dudé, todo muy deprisa, todo a la vez. Amasijo de sentimientos que, sin ningún tipo de fundamento, trataba de escribir sobre el papel. No fue nada fácil, te lo aseguro. Yo no hice otra cosa más que vivir. Puede que aceleradamente, sin control, sin equipaje, rozando la locura, pero eso ya no fue mi culpa. No era mi intención alimentarme de ilusiones antiguas ni de momentos que naufragaron. No me podía quedar a la sombra de un tiempo mejor, por muy tentadora que fuera la idea. Sólo quería encontrarme tal como era. Huyendo de lo inseguro, mostrando mis heridas a un horizonte más comprensivo. Mientras el tiempo pasaba, me identificaba cada vez más con el olor a café en la madrugada, con el ruido familiar de nuestras sencillas conversaciones, con la dulce expresión de la diminuta bailarina. En esas cosas, a simple vista tan insignificantes, encontraba yo la felicidad. En lo que consideraba mío, en los gestos sin traducción, en los abrazos que se dan porque sí, porque se quiere. Fue como una prolongación de la vida.
La mariposa del olvido se confunde con el silencio de la tarde y comprende que su misión es inútil porque hoy quiero recordar. Pero me niego a hablar de mi vida como un álbum de ayeres. No son acontecimientos los que marcaron mi vida, sino las diferentes personas que pasaron por ella. Ahora que estoy palpando con delicadeza el frágil cristal de mis recuerdos, me pregunto a donde habrán ido las tardes que vivimos, las promesas que nunca nos atrevimos a romper, las profundas miradas que eran capaces de decirlo todo.
Nieva en mi interior
Hoy todo está cubierto de blanco, mis pensamientos, mi melancolía, mi forma de ver la vida. Es la bienvenida a mi invierno particular, al frío más placentero, a las noches cubiertas de mantas y estrellas. Pondré el abrigo a mis recuerdos más íntimos, me perderé entre la nieve y sus secretos, compondré versos sinceros, confesaré mis verdades al sabio viento. Me quedaré congelada entre las ramas de un viejo árbol milenario y seré testigo del lento caer de los copos en los tejados y en las laderas de montañas y prados.
Admiraré el encantamiento de la belleza de esta época mágica y grabaré para siempre sus imágenes en mis retinas. La Navidad me tiende su mano y yo acepto la invitación, alejada de la marabunta humana, del frenético consumismo, de la descarnada idolatría. Nieva en mi interior y la nieve se funde al llegar a mis arterias y a los valores que me amarran al camino más inescrutable pero que tan libre me hacen sentir. Algún que otro invierno al calor de la lumbre, la nieve especial en un pueblo especial, la complicidad familiar, el chocolate con churros en la madrugada, la vida a las puertas de un sentimiento teñido de blanco. Me quedaré por un tiempo anclada en la Navidad, en sus historias y sus milagros, como si mi vida se detuviera en mitad del silencio invernal y encontrará su sitio en una foto de postal. ¡FELIZ NAVIDAD!
Admiraré el encantamiento de la belleza de esta época mágica y grabaré para siempre sus imágenes en mis retinas. La Navidad me tiende su mano y yo acepto la invitación, alejada de la marabunta humana, del frenético consumismo, de la descarnada idolatría. Nieva en mi interior y la nieve se funde al llegar a mis arterias y a los valores que me amarran al camino más inescrutable pero que tan libre me hacen sentir. Algún que otro invierno al calor de la lumbre, la nieve especial en un pueblo especial, la complicidad familiar, el chocolate con churros en la madrugada, la vida a las puertas de un sentimiento teñido de blanco. Me quedaré por un tiempo anclada en la Navidad, en sus historias y sus milagros, como si mi vida se detuviera en mitad del silencio invernal y encontrará su sitio en una foto de postal. ¡FELIZ NAVIDAD!
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